Un nuevo año inicia y con él la promesa de escribir más... veamos si esta vez cumplo. Dejaré por acá algo muy muy muy personal con la intención de que quizás alguien lo lea y le sirva para encontrar la fuerza que está buscando. ¿Ya les he dicho que escribir es terapéutico? Pues lo es y mucho... no lo sé a lo mejor se identifican, a lo mejor lo encuentren melodramático pero es algo que viene desde el fondo de mi alma. Ahí se los dejo!.
El elástico es algo curioso, se estira y se
estira y tiene esa capacidad de no romperse. Y sin embargo cada material tiene
cierta resistencia ya sea mayor o menor, al fin y al cabo no hay una
indestructible por más que se intente, de tanto estirar y estirar, en algún
momento va a ceder, va a romperse. A veces pienso que así somos las personas,
que la paciencia por ejemplo puede compararse con el elástico. Hay paciencias
que se estiran mucho y otras un tanto inflexibles. ¿Podríamos decir lo mismo
sobre los sentimientos? Voy a apostar a que sí. A veces intentamos, tensamos ese
elástico hasta ya no poder más, nos tensamos a nosotros mismos, por mero
corazón. He enfrentado el suficiente dolor en la vida para decir que mi elástico es
resistente, no me he roto, no me he quebrado y hasta trato de no maltratarme.
Una persona herida y marcada nunca puede superarse, y marca y muchas veces
hiere a otros sólo por la coraza que se construye para no padecer dolor. Yo por
otro lado tengo razones de sobra para construir una muralla, para aislarme y lo
cierto es que la soledad y el aislamiento me aterran. No soy lo bastante fuerte
como para dejar de confiar, mi esperanza no se rinde, siempre cree que va a
encontrar luz al final del túnel y a veces la aborrezco por ser tan ilusa. Me
he cansado de repetirme a mi misma que no es mi culpa pero creo que es momento
de afrontar la verdad y culparme. Soy culpable, culpable de dejarme llevar por
los sentimientos, por mi miedo, por mi fe en la generosidad, en el amor. Soy
culpable de permitir que me lastimen, que me utilicen, que se burlen de mi, que
jueguen con mi corazón. De todo eso soy culpable. Siempre me he fiado de mi
amor propio, de mi orgullo que a veces me supera, pero ya no más. Hay un dicho
muy cierto y muy sabio que siempre recuerdo: Para poder amar a otro, tienes que
amarte primero a ti mismo. Y pienso que yo no me he amado, quizás nunca. Ese
tal vez ha sido mi error, el no amarme, el hacerme creer que me amaba pero en
realidad no lo he estado haciendo, y por eso cometo los errores que cometo. No
puedo negarlo a veces siento que voy a tirar la toalla, pero hay una fuerza
dentro de mí que me impulsa hacia arriba
otra vez, con más ánimos y menos malicia. A veces aferrarse a algo duele más
que soltarlo. Es como cuando tenemos una curita en una herida y nos da miedo
quitarla, porque nos va a doler y sí, duele. Pero es preferible arrancarla de
una vez y pasar ese sólo dolor momentáneo, a dejarla puesta y temiendo al dolor
hasta que la herida se infecta, y duele más. Si la arrancas, poco a poco la
herida irá sanando y el dolor se desvanece. Si la dejas, luchas con el miedo a
arrancarla todos los días y luego sufres más con el dolor de la infección. Creo
que es momento de dejar de engañarnos, de hacer a un lado las excusas y no mirar
atrás, de asimilar que ambos merecemos felicidad y que juntos tal vez no la
vamos a encontrar, es mejor arrancar la curita de una buena vez.
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